En estos meses he vuelto a los campos de California para llevarles la Palabra de Dios a los trabajadores que cosechan las frutas y las verduras que llegan frescas a nuestras mesas. Ellos no pararon durante la pandemia, pero yo sí: El virus me detuvo. Y esto significó una pérdida para mi vida espiritual. Durante treinta años había ido al campo en mis vacaciones para estar con los campesinos, para alentarlos y alentarme en la predicación de la Palabra, que siempre es un bálsamo para el corazón y el cuerpo fatigados.

En 2020, la larga cadena de treinta eslabones finalmente se rompió. Por eso esperé con ansiedad el verano de 2021 para volver a los campos de cosecha.

¿Qué me había enseñado este paréntesis, este “eslabón perdido” del año pasado? ¿Cuál sería el mensaje que le predicaría a ese pueblo de trabajadores que jamás bajan los brazos?

Luego de orar y pensar, surgió en mi mente el texto que debía ser como el lema del reencuentro: “Estén siempre alegres, oren sin cesar, den gracias a Dios en toda situación, porque esta es su voluntad para ustedes en Cristo Jesús” (1 Tesalonicenses 5:16-18).*

La gratitud es el despertador de la conciencia. Nos despierta del sueño de la vida, para que nos demos cuenta de que ¡estamos vivos, aunque muchas veces no lo sabemos! La pandemia vino para quitarnos muchas cosas, pero también para darnos otras, como la conciencia de que teníamos mucho más de lo que imaginábamos. ¡Y mucho más de lo que necesitábamos!

La gratitud busca a Dios

El apóstol Pablo nos aconseja: “No se inquieten por nada; más bien, en toda ocasión, con oración y ruego, presenten sus peticiones a Dios y denle gracias” (Filipenses 4:6, 7).

¿Por qué? “¡Porque él es bueno, y su gran amor perdura para siempre!” (1 Crónicas 16:34).

La gratitud es la memoria del corazón iluminado por el Espíritu Santo. Es el poder que nos conduce primeramente a Dios. Es un reconocimiento de que “todas las cosas proceden de él, y existen por él y para él” (Romanos 11:36). La gratitud es la conciencia de que la vida es un don divino.

La gratitud se encuentra con el prójimo

A pesar del paso de los siglos, la frase de Agustín de Hipona sigue vigente: “Busqué a Dios y no lo encontré; busqué a mi hermano y nos encontramos los tres”.

La gratitud inaugura una relación de amor y vida con los demás. Por eso, es la madre de todas las virtudes, de todas las posibilidades de relación humana, porque cuando le digo “gracias” a mi prójimo, reconozco que el otro me ha dado un regalo que yo no puedo pagar. Y la persona que sabe recibir la palabra “gracias”, ensancha su espíritu y se alimenta de este reconocimiento para seguir dando. Así no se corta la relación de intercambio. Así, “ustedes serán enriquecidos en todo sentido para que en toda ocasión puedan ser generosos, y para que por medio de nosotros la generosidad de ustedes resulte en acciones de gracias a Dios” (2 Corintios 9:11). Si eres agradecido con lo que tienes, generarás más en favor de ti y de los otros, pero si te concentras en lo que no tienes, jamás tendrás lo suficiente.

La vida es una gran cadena de ayuda mutua. Ayuda el sol cuando sale, el agua cuando corre, el aire puro que respiramos. Todo ayuda a la vida. Ayuda la esposa cuando prepara el pan y el esposo cuando trabaja. O viceversa. Ayuda mi amigo, mi compañero de trabajo, mi jefe y mi subalterno. Todos ayudamos en la cadena de la vida. Y el que sabe dar, recibirá. Y el que sabe recibir, dará.

Epílogo

Por lo tanto, en este verano me propuse dos cosas cuando fuera al campo: Hablarles de la gratitud a los trabajadores y orar con ellos esta oración: “Gracias, Señor, por la vida. Gracias por la salud. Gracias por la familia. Gracias por los amigos. Gracias por el trabajo. Gracias, porque llegamos desnudos a este mundo, y desnudos nos iremos. Tú nos diste cuando nos quitaste. Por eso, te agradecemos por todo. Amén”.

Fue emocionante escuchar las voces de gratitud de hombres y mujeres que se elevaban a la bóveda celeste, de día y de noche, bajo el sol y bajo el titilar de las estrellas.

Oración de gratitud

(Del libro del autor: Oraciones en la adversidad).

Padre nuestro que estás en los cielos:

Gracias porque todo lo bueno proviene de tus manos.

Gracias porque al darte perpetuamente a ti mismo, tu generosidad excede la comprensión de nuestro corazón.

Gracias no solo por lo que nos has dado, sino porque siempre nos has amado.

Gracias porque nos sostienes por tu propia naturaleza, independientemente de lo que hagamos o dejemos de hacer.

Gracias por el don de tu amor, que es más antiguo que las estrellas y que sobrevive a todas las cosas.

Gracias por tu bondad, que permanece cuando todo cambia, que habla cuando nuestro entendimiento calla.

Gracias, porque tú amor descubre nuestros pecados para cubrirlos.

Gracias porque nos das a cada uno la parte que nos corresponde según tu agrado.

Gracias porque todo lo bueno proviene de ti y en todo tiempo.

Alabado seas, porque tu reino no tiene comienzo ni fin, porque tu tiempo no fenece, porque nada ni nadie es como tú: poderoso, misericordioso y clemente.

Cuando nuestros días hayan sido contados y la muerte llegue indiferente y fría, tú estarás a nuestro lado, para que digamos:

Padre nuestro que estás en los cielos. Amén.

* Los versículos bíblicos fueron tomados de la Santa Biblia, NUEVA VERSIÓN INTERNACIONAL® NVI® © 1999, 2015 por Biblica, Inc.® Usado con permiso de Biblica, Inc.® Reservados todos los derechos en todo el mundo.

El autor es el editor de El Centinela.

La gratitud: madre de las virtudes

por Ricardo Bentancur
  
Tomado de El Centinela®
de Noviembre 2021