El 26 de marzo de 2020, salí positivo en una prueba para COVID-19, y pasé cinco días difíciles. Fui afortunado, pues no tuve que ser hospitalizado. Aun así, pasé dos semanas fuera del trabajo, me tomó dos o tres meses volver más o menos a la forma física que tenía antes, y aun ahora, un año después, todavía tengo algunos síntomas residuos que no sé si alguna vez se irán por completo.

¿Por qué comienzo con mi historia? Porque quiero que el lector sepa que no solo escribo como médico, sino que tengo experiencia personal con esta pandemia, lo cual hace que este tema sea aun más personal.

No es necesario decir que esta pandemia ha causado mucho sufrimiento. Hasta el día cuando escribo este artículo ha habido 2.73 millones de muertes en el mundo, y 543 mil en Estados Unidos, el país donde resido. También hemos sufrido al observar a quienes se han enfermado de gravedad, y ni hablar de los problemas financieros en todos los niveles.

¿Por qué repaso todo esto que la mayoría de los lectores ya sabe? Porque quiero contextualizar lo que viene a continuación, pues es de suma importancia.

La vacuna

A finales de 2020 y principios de 2021, empezaron a distribuirse en los Estados Unidos y en otras partes del mundo las vacunas para el COVID-19. Con la llegada de las vacunas también ha llegado la controversia. No tenemos espacio para entrar en una discusión profunda sobre todos los detalles acerca de las vacunas. Tampoco voy a usar este espacio para dignificar rumores sin base ni evidencia, como los que algunos, ignorantes o malintencionados, mencionan por ahí, como el del microchip que supuestamente se halla en la vacuna. Pero sí quiero referirme de manera sucinta a lo que debemos pensar cuando decidamos ponernos la vacuna o no.

En primer lugar, la evidencia dice que la vacuna funciona. Aun con las vacunas aparentemente menos efectivas, se ha demostrado que evitan enfermedad seria y hospitalización. Los efectos secundarios de la vacuna incluyen dolor e inflamación donde se puso la inyección, dolores en el cuerpo, escalofríos, cansancio y fiebre, entre otros. Debemos aclarar que para la mayoría de las personas estos efectos son mínimos, y aun en las más afectadas, solo tienden a durar 24 a 48 horas antes de volverse a la normalidad. De más está decir que esto es mucho mejor que sufrir la enfermedad. Si usted ha tenido una reacción alérgica fuerte a alguna vacuna en el pasado, debe consultar con su médico, al igual que con cualquier otra vacuna.

Muchas personas me han mencionado que están preocupadas por los efectos o el daño que la vacuna podría tener a largo plazo. Desde que empezaron los estudios hasta ahora, no ha habido ningún efecto o daño de este tipo reportado. Por supuesto que la vacuna va a seguir siendo estudiada durante varios años, al igual que otras vacunas lo han sido en el pasado. Otros me preguntan si hay algún riesgo al ponerse la vacuna. Con honestidad, hay que responder que siempre hay un riesgo. Un ejemplo que se puede mencionar es que reacciones a antibióticos ocurren a diario y pueden ser incluso fatales; sin embargo, cuando son necesarios los usamos sin pensarlo dos veces. La razón es porque el beneficio recibido sobrepasa el riesgo potencial de usarlos.

No me gusta “espiritualizar” o “hacer teología” acerca de cosas que no lo necesitan, sin embargo, quiero mencionar que Elena G. de White, una de los pioneros de la Iglesia Adventista y autora de decenas de libros, fue vacunada contra la viruela e instó a los que trabajaban con ella a que hicieran lo mismo en un tiempo cuando había una epidemia de viruela en el lugar donde vivían.*

En resumen, yo contraje el COVID-19, y aun así decidí ponerme la vacuna. Después de analizarlo todo, concluí que el riesgo individual, comunitario y global que se corre al no ponerse la vacuna es mucho más alto que el riesgo que incurrimos personalmente al ponérnosla.

Yo entiendo que hay muchas opiniones, mucha información que va y viene, y que debido a esto la decisión de vacunarse o no se vuelve confusa y agobiadora. Espero que esta información le haya sido de ayuda. Oro para que cuando le toque decidir, tome la decisión correcta.

Acerca de las vacunas de ARNm*

¿Cómo es una vacuna de ARNm? ¿Puede causar la enfermedad?

“La vacuna de ARNm de Pfizer/BioNtech se basa en el genoma del coronavirus; en concreto, en el gen que codifica para la proteína S. Pero esa molécula no es un trozo del ARN del virus cualquiera, esa secuencia se ha modificado para aumentar su estabilidad y facilitar que la célula sea capaz de leerla, traducirla y sintetizar la proteína viral.

“Como solo se utiliza un fragmento de ARN, este tipo de vacunas no puede causar la enfermedad”.

¿Pueden las vacunas modificar nuestro genoma?

“Se ha dicho que estas vacunas basadas en ARNm pueden modificar las funciones del genoma humano y causar daños desconocidos e irreparables. Sin embargo, lo cierto es que no hay ningún dato que sugiera que este tipo de vacunas pueda alterar nuestro ADN. La infección natural con coronavirus también produce millones de ARNm y no supone ningún riesgo para el ADN. De hecho, jamás se ha detectado un gen de un coronavirus insertado en nuestro genoma.

“La molécula de ARN es muy frágil, el tiempo que permanece en las células es muy corto, y desaparece fácilmente.

“Además, el ARN no llega a encontrarse con el ADN: el ADN se encuentra en el núcleo de la célula y el ARNm en el citoplasma.

“Y a causa de que el ARNm no se integra en el ADN, las vacunas ARNm se consideran potencialmente muy seguras”.

* https://www.nationalgeographic.com.es/ciencia/asi-funcionan-vacunas-arn-mensajero_16221.

* Elena G. de White, Mensajes selectos, t. 2 p. 348.

El autor es médico pediatra y ejerce la medicina en Longwood, Florida.

¿Debemos vacunarnos?

por Josué Cortés
  
Tomado de El Centinela®
de Julio 2021