Aquella mañana llegué al colegio lleno de expectativas. De inmediato, noté algo raro en el rostro de varias personas. Mi sonrisa matutina no parecía muy acorde con la situación. Me enteré de que un alumno de la institución se había suicidado unas horas antes. La tragedia sacudió a la comunidad estudiantil. Durante semanas no se habló de otro tema. Los directivos de la escuela organizaron charlas con padres y estudiantes para prevenir una recurrencia del escenario.

El Diccionario de la Real Academia Nacional de Medicina define el suicidio como un “acto voluntario por el que una persona pone fin a su existencia”. Relacionado con ello está el parasuicidio, que consiste en un “acto dañino contra uno mismo que aparenta suicidio, pero sin la determinación de morir, aunque pueda terminar con la vida por accidente o descuido. Es una llamada de atención; la mayoría de las veces, seria. Puede aparecer como conducta impulsiva o autodestructiva”.1

Según la Organización Mundial de la Salud, en el mundo se producen más de setecientos mil suicidios cada año. Lo anterior se traduce en una muerte cada 40 segundos. En la región de las Américas, el suicidio es la tercera causa más frecuente de muerte entre los jóvenes de 20 a 24 años. Las personas de 45 a 59 años tienen la tasa de suicidio más alta de la región, seguidas por las personas de 70 años o más. La asfixia, las armas de fuego, la intoxicación con drogas o alcohol, y el envenenamiento con plaguicidas y productos químicos suelen ser los cuatro métodos más utilizados para el suicidio.2

Lo curioso es que el suicidio no es un fenómeno que ocurre solamente en países en vías de desarrollo; los países desarrollados tienen niveles elevados de suicidio entre la población. Claramente, el suicidio no es ningún asunto baladí.

Pero ¿por qué alguien pensaría en acabar con su vida? Algunos especialistas responden: “La falta de habilidades ante los retos que se presentan a las personas —y que no les permiten lograr lo que ellos quieren— está muy vinculada con este sentimiento de malestar, de desesperanza, que genera sufrimiento emocional”.3

Señales de peligro

Las personas que hablan de suicidarse pueden estar pidiendo ayuda o apoyo. Por eso es muy importante estar alertas cuando alguien te hace un comentario de esa naturaleza. Además, la mayoría de los suicidios va precedido de señales de advertencia verbales o conductuales. Es poco común que alguien atente contra su vida de manera espontánea. Con todo esto en mente, he aquí algunas conductas a las que debemos prestar atención de forma especial, con el objetivo de ofrecer ayuda inmediata:

  1. Declaraciones relacionadas con hacerse daño o morir.
  2. Cambios radicales en los hábitos alimentarios y de sueño.
  3. Pérdida de interés en actividades que antes resultaban placenteras.
  4. Aislamiento de amigos y familiares.
  5. Uso y abuso de alcohol y drogas.
  6. Descuido en el arreglo personal.
  7. Pérdida de interés en los estudios.
  8. Sensación de aburrimiento.
  9. Incapacidad para concentrarse.

El suicidio es un asunto muy serio. No lo tomes a la ligera. Ya sea que tú enfrentes esta situación o algún amigo tuyo, es importante buscar ayuda oportuna.

Para fortalecer. . .

Para prevenir el suicidio es importante fortalecer algunas áreas de la vida, para que funcionen como escudos de protección en contra de la depresión y la tristeza profunda. Presta atención a los siguientes consejos.

  1. Rodéate de buenas relaciones. Necesitas un círculo de amigos y una buena relación con tu familia. No es bueno estar solo; necesitamos hacer espacio para las buenas amistades.
  2. Trabaja en tu autoestima. Es importante construir una autoimagen saludable. Esta es una labor constante. La mayoría de los adolescentes tiene problemas de autoestima. De ahí el peligro de pensamientos suicidas. Pero hay buenos libros y profesionales que te pueden ayudar a trabajar en tu autoestima y entender lo valioso que eres.
  3. Fortalece tu fe. La fe en Dios te brinda esperanza y te protege contra los pensamientos suicidas. La Biblia dice: “Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia” (S. Juan 10:10).
  4. Mejora tu capacidad para resolver problemas. Vivimos en un mundo desafiante. Nadie está exento de dificultades. Por eso, Jesús dijo: “En el mundo tendréis aflicción, pero confiad, yo he vencido al mundo” (S. Juan 16:33).
  5. Practica ejercicio físico. El ejercicio físico es muy saludable para la mente. Además, mantiene el cuerpo en forma. Si tienes los recursos, inscríbete en un gimnasio para que un instructor te ayude. Pero no es imprescindible. Puedes salir a caminar a un parque o practicar ciclismo de manera regular.
  6. Aprende a gestionar la frustración. La vida está llena de sinsabores. No todo sale como esperábamos. Por eso es necesario aprender a adquirir tolerancia a la frustración; para también poder disfrutar de los momentos de felicidad.
  7. Acepta ayuda profesional cuando sea necesario. La ayuda de especialistas es importante. Sin embargo, mucha gente cree que no la necesita. No es ningún pecado visitar al psicólogo o al psiquiatra, ni significa que no tienes fe en Dios. Tampoco quiere decir que estás loco. Los profesionales de la salud mental están preparados para orientarte de la mejor manera sin atacar tus valores morales ni tus creencias religiosas.

1. Diccionario de Términos Médicos de la Real Academia Nacional de Medicina de España, en https://dtme.ranm.es/index.aspx.

2. “Prevención del suicidio”, Organización Panamericana de la Salud, en https://www.paho.org/es/temas/prevencion-suicidio; consultado en diciembre 2023.

3. Ibíd.

El autor es Máster en Teología y doctor en Letras. Actualmente es docente del programa de doctorado en Teología por la Universidad de Montemorelos, México, desde donde escribió este artículo.

Cómo prevenir el suicidio

por Alejandro Medina Villarreal
  
Tomado de El Centinela®
de Junio 2024