La estructura más importante de la sociedad es la familia, un concepto de origen divino. Cuando Dios dijo: “Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza” (Génesis 1:26, 27), creó el matrimonio de Adán y Eva, una imagen del mismo Dios: Padre, Hijo, y Espíritu Santo. En este sentido, Dios es también una unidad familiar. Nuestro Creador ama la comunidad de varias personas, y su reino se compone de familias.

La familia es la célula principal de la sociedad, la estructura que establece los valores y las creencias en sus miembros. Es un bastión de esperanza, en ella puedes enfrentar las mayores crisis, porque fue instituida para proteger y salvaguardar a sus miembros. Pero no todas las familias actúan así.

 

La resiliencia

¿A qué se debe que una familia se levante ante el sufrimiento y la adversidad, y que otras se estanquen? Se debe a un concepto de la psicología positivista denominado resiliencia. Según Boris Cyrulnik, psiquiatra francés, la definición de este término es sencilla: La resiliencia es iniciar un nuevo desarrollo después de un trauma.1 Otros han dicho que es la capacidad para superar situaciones dolorosas y traumáticas y salir fortalecidos.

Este concepto no solo se atribuye a modelos individuales de afrontamiento ante la adversidad, sino que puede contextualizarse en familias y comunidades. La resiliencia familiar se puede definir como los procesos de reorganización de significados y comportamientos, y los de superación y adaptación, que tienen lugar en la familia como estructura social.2

La resiliencia también permite que el sistema familiar se recupere en tiempos de crisis como en los que vivimos ante la pandemia, que amortigüe el estrés, reduzca el riesgo de disfunción y apoye una adaptación óptima. Implica más que manejar condiciones estresantes; implica el potencial de transformación y crecimiento personal y relacional que se puede forjar a partir de la adversidad.

La resiliencia está marcada por lo que ocurre no solo después del evento traumático, sino antes. Según estudios, las personas cuya infancia fue marcada por el abandono, en la que no pudieron desarrollar inteligencia emocional ni aprendieron a regular sus emociones, son más propensas a sucumbir ante las crisis, en comparación con las personas cuyos padres les permitieron desarrollar un apego seguro. Aquellos a menudo lidian con una pequeña malformación neurológica que les impide controlar las emociones, y se derrumban ante un acontecimiento vital grave, como la pérdida del trabajo por causa del coronavirus, los problemas conyugales o cualquier otra crisis similar.3

La resiliencia no es innata ni se aprende cuando la crisis llega. Esta actitud debe aprenderse desde la infancia, pues los primeros meses de la vida son cruciales para controlar las emociones en la etapa adulta. Es decir, la estructura familiar es la forjadora de la resiliencia en sus integrantes.

 

El valor de una madre

La planta del plátano sobrevive a cualquier ataque, y solo se la puede destruir arrancándola. Dios creó a la familia con esta misma capacidad, aun en las peores crisis, porque no nos sobrevendrá ninguna prueba que no podamos soportar (ver 1 Corintios 10:13).

En mayo, mientras reconocemos el valor de la familia ante las crisis, destacamos también el valor de la madre. Es ella la que comienza a preparar a esa pequeña criatura para que sea resiliente ante las crisis, la que le ayuda a desarrollar inteligencia emocional. Así que el papel de la madre es determinante en la resiliencia de los hijos, y, junto al padre, tiene en sus manos la oportunidad de formar futuros adultos que enfrentarán cualquier vicisitud de forma consciente, efectiva, y superando las crisis, sin rupturas familiares.

Si cada hogar, de la mano de Dios, forma personas resilientes mediante las enseñanzas en la edad temprana, la sociedad tendrá adultos con inteligencia emocional bien desarrollada, cuya estabilidad psicológica y emotiva les permitirá establecer relaciones interpersonales maduras, saludables y provechosas que los guiarán para llegar a tener sus propias familias resilientes.

Nunca olvidemos que todo esto se origina en el hogar. Sigamos protegiendo a nuestra familia y trabajando por ella.

SIETE CARACTERÍSTICAS DE LAS FAMILIAS RESILIENTES

Confían en Dios. Ante la adversidad, se aferran a Dios y visualizan el mundo libre de mal que él les ha prometido.

Son optimistas. Son optimistas porque creen en el poder de Dios. El optimismo induce a vencer las dificultades, crece donde hay posibilidades, acepta lo inevitable.

Son flexibles. Ante las crisis encuentran y forman un nuevo sentido de normalidad mientras se reorganizan. Aunque flexibles, son firmes mediante un liderazgo autoritativo.

Se conectan. Valoran el apoyo mutuo, la colaboración y el compromiso. Respetan las necesidades, diferencias y límites de cada individuo. Cuando la crisis produce heridas emocionales, buscan nuevas formas de sanar y restaurar las relaciones.

Expresan sus emociones. Comparten sentimientos (gozo, tristeza, ira). Manifiestan gran empatía y tolerancia ante las diferencias, se responsabilizan de sus emociones y comportamientos, y evitan juzgar a los demás.

Ven las crisis como oportunidades. Las formas como interpretan la adversidad determinan las emociones que experimentarán. Esta puede ser vista como una calamidad o una oportunidad para crecer. Una decisión puede llevar al abismo, la otra a la esperanza.

Resuelven los problemas colaborando. Colaboran, se concentran en metas claras, se preparan para triunfar, y aprenden del fracaso.

1. B. Cyrulnik, Resilience: How Your Inner Strength Can Set You Free from the Past (Tarcher Perigee. 2011).

2. F. Walsh, Strengthening family resilience (New York: Guilford Press, 2006).

3. P. M. Crittenden y R. Dallos, “All in family: Integrating attachment and family system theories”, Clinical Child Psychology and Psychiatry, 2009, t. 14, pp. 389–409.

El autor es psicólogo y terapeuta familiar. Escribe desde Orlando, Florida.

Resiliencia familiar

por Efraín Duany
  
Tomado de El Centinela®
de Mayo 2021