Ante la cruz de Cristo está María, la mujer que lo llevó en su seno, que guio sus tambaleantes pasos de infante, que lo instruyó en la ley, la primera que le pidió un milagro. Y aun en su agonía él se apiada de ella. ¿Qué va a ser de su madre, viuda y sola?

En la sociedad hebrea, las mujeres eran representadas por hombres. Ya no está José, el gentil esposo, y ya no estará él, aunque habrá de resucitar, pues ascenderá a los cielos.

Entonces, dice a su desfalleciente madre sostenida por Juan el discípulo: “Mujer, he ahí tu hijo”. María mira el rostro compasivo de Juan, y se reclina en su pecho. Luego Jesús le dice a su discípulo amado: “He ahí tu madre”.

Juan la estrecha con ternura y la aleja de la terrible escena. Adopta a María como madre, y ella lo recibe como hijo.

Jesús, el Autor de la ley escrita en el Sinaí, no ha venido a eliminarla. Aun en postrera agonía reconoce el quinto mandamiento: “Honra a tu padre y a tu madre” (éxodo 20:12), y manifiesta su amor filial. Ni siquiera los clavos, ni siquiera la cruz, pueden impedirle a Jesús proveer para su madre. “¡Oh Salvador compasivo y amante! ¡En medio de todo su dolor físico y su angustia mental, tuvo un cuidado reflexivo para su madre!. . . El perfecto ejemplo de amor filial de Cristo resplandece con brillo siempre vivo a través de la neblina de los siglos”.*

Pidamos a Dios que nos conceda un amor filial como el de Cristo. Démosle gracias por habernos dado a nuestra madre, y a ella démosle un beso o llevémosle una flor: un beso si aún vive, o una flor donde reposa, esperando la llamada de su Redentor.

* Elena G. de White, El Deseado de todas las gentes, p. 700.

El autor es redactor de El Centinela.

Editorial: Amor filial

por Alfredo Campechano
  
Tomado de El Centinela®
de Mayo 2021