La avenida principal de la ciudad donde vivía no tenía casas, solo locales comerciales. Muchos comercios con vidrieras exponían su mercadería, ¡y mucha gente caminaba a toda hora! Un día, a algún “genio” se le ocurrió colgar de la parte superior de la pared de una tienda un toldo plegable. Se cerraba en la noche y se abría durante el día. Pronto, todos los comercios desplegaron sus toldos. Se veía como un techo gigantesco sobre toda la acera. Aunque lloviera o hubiese un sol abrasador, caminar mirando los artículos en exhibición resultaba mucho más placentero. Los toldos variaban en color, material y tamaño. Algunos estaban colgados desde más alto y bajaban con más inclinación; había de tela o de material sintético. Algunos cubrían todo el ancho de la vereda hasta llegar a la calle, otros abarcaban hasta la mitad. De todos modos, cumplían con su doble función: dar sombra a la mercadería expuesta en la vidriera y protegerla del daño que el sol pudiera hacerle al paso del tiempo; y también invitar a los peatones y posibles clientes a detenerse a mirar aquellos productos en forma más placentera.

El 4 de enero es el Día Mundial del Braille. Esta sí es una idea genial. El Braille es una escritura con puntitos en relieve que utilizan las personas con discapacidad visual para poder leer. Leen utilizando sus dedos. Al pasar suavemente sus dedos sobre esos puntitos, pueden sentir qué letra están tocando, y se van formando las palabras y las oraciones.

¿Por qué tenemos un Día Mundial del Braille? Los seres humanos tenemos muchos días festivos o recordatorios, pero ¿cuál es el propósito de tener estos días especiales? Puede haber muchas razones, pero la principal es recordar y ponernos en el lugar de otros. La Biblia exhorta: “No se ocupen solo de sus propios intereses, sino también procuren interesarse en los demás” (Filipenses 2:4; NTV).* De esto se trata, de pensar en los demás. En la frenética carrera de la vida, cuando el tiempo se conjuga en dinero, resulta cada vez más difícil detenernos a pensar en las necesidades ajenas. Es por eso que El Centinela nos anima mediante estos días especiales, como el Día Mundial del Braille, a detenernos a meditar en las necesidades de otros.

Pasaron los años. Como estudiante universitario comencé a trabajar para un departamento de mi ciudad llamado Inspección General. Mi tarea era conocer las leyes y los reglamentos y hacerlos cumplir. Tenía que atender denuncias que los vecinos hacían y aplicar la normativa. Por ejemplo: un perro que ladra todo el día, un vecino que arroja su basura en la calle, un vecino que se dedica a juntar basura y llena el vecindario de chatarra. Con el tiempo, me asignaron el control de la avenida principal de mi ciudad con todos sus comercios. Eso era mucho más complicado. Tuve que leer más reglamentos y leyes para poder actuar con fundamento.

Un día sucedió algo insólito. Al llegar a mi trabajo y tomar las denuncias, recibí una muy desconcertante. Un grupo de personas firmantes solicitaban que se removieran los toldos de la avenida principal y sus calles aledañas. Al principio me pareció que eso era un chiste de mal gusto, pero no lo era. Firmaba la denuncia la Sociedad de Personas con Discapacidad Visual de la ciudad. ¿Por qué pedirían algo así? Los toldos tenían en su extremo más distante de la pared un grueso tubo de hierro que hacía de contrapeso para que quedara bien extendido y para evitar que el viento lo rompiera. Los tubos estaban a diferentes alturas: algunos llegaban hasta la calle, otros hasta la mitad de la vereda, algunos eran más altos, otros más bajos. Esto implicaba un gran riesgo para alguien que no los viera. Salí a la avenida y comencé a caminar como si yo mismo fuera ciego, y por primera vez me di cuenta de que muchos de esos tubos estaban por debajo de los dos metros, algunos a la altura exacta de la frente. ¡Imagina el daño que este pesado tubo de hierro podría hacerle a alguien que guía sus pasos con un bastón! Tomé los libros de leyes y reglamentos y descubrí que había un reglamento que prohibía que los toldos estuvieran por debajo de los dos metros y veinte centímetros.

Al salir a la avenida y pedir a los comerciantes que tenían sus toldos muy bajos que los subieran, siempre encontraba resistencia. Entonces les pedía que me acompañaran caminando con los ojos cerrados e imaginaran los desafíos de una persona ciega. Luego les preguntaba: “Si usted fuera ciego, o tuviera un hijo ciego, ¿a qué altura le gustaría que estuviera este tubo?”

Hoy, recordemos que hay personas con discapacidad visual que necesitan de todos nosotros para que su caminar por esta vida sea más seguro y placentero.

* La cita marcada con NTV fue tomada de la Santa Biblia, Nueva Traducción Viviente, © Tyndale House Foundation, 2010. Todos los derechos reservados.

El autor es editor de audio de Christian Record Services, una institución cristiana al servicio de la predicación del evangelio para personas con discapacidad visual. Realiza esta tarea como voluntario desde hace más de diez años. Es licenciado en Teología y escribe desde Topeka, Kansas.

En los zapatos de un ciego

por Alejandro Dovald
  
Tomado de El Centinela®
de Enero 2023