La mayoría de las mujeres encarceladas han sido víctimas de abuso sexual o físico. Según una encuesta realizada en 2000 por el Departamento de Justicia de los Estados Unidos, más de un tercio de las mujeres en prisiones estatales informó haber sufrido este tipo de abusos antes de los 18 años.
También se señala que muchas mujeres tras las rejas se desprecian a sí mismas y carecen de respeto propio. Sienten culpa por lo que hicieron y enojo por haber sido descubiertas y encarceladas. Muchas no se preocupan por sus hijos y recurren a la manipulación y la mentira para lograr lo que desean. Este es el tipo de personas que a la mayoría de nosotros no nos gustaría tener como vecinos o amigos.
La historia de Ermila
Hace algunos años visité a Ermila en una prisión de California. Había sido acusada de abandonar a su bebita de cinco meses. Después de varias horas de escuchar su llanto constante, los vecinos avisaron a la policía. Al entrar al departamento, encontraron a la criatura totalmente debilitada y entumecida por el frío. Posteriormente, la niña murió en el hospital.
Cuando hablé con Ermila y le pregunté si deseaba contarme lo sucedido, sin derramar una lágrima y sin mostrar arrepentimiento, me dijo que había abandonado a su hijita porque lloraba mucho y no la dejaba dormir. Su novio la había abandonado tras enterarse del embarazo. Sus padres tampoco quisieron saber nada de ella. Ermila estaba profundamente deprimida. De los siete años de prisión a los que había sido condenada, le quedaban seis años por cumplir.
La misericordia que restaura
Al leer la Palabra de Dios, encontramos que este tipo de personas eran precisamente a quienes Jesús incluía en su círculo y atendía con bondad y misericordia (S. Mateo 25:40). El Ministerio de la Mujer de la Iglesia organizó visitas periódicas a Ermila, que incluían estudios bíblicos y expresiones de aceptación y cariño. No pasó mucho tiempo antes de que aceptara a Jesús como su Libertador y decidiera bautizarse. Con el tiempo su semblante cambió y comenzó a mostrar arrepentimiento. Permitió que Jesús cargara con su culpa y se dedicó a compartir el evangelio con sus compañeras de prisión.
En una de nuestras visitas nos dijo: “Tal vez no me crean, pero ahora me siento muy feliz de estar aquí, encerrada tras las rejas, porque fue aquí donde conocí a mi Salvador y siento que él está constantemente conmigo. Cuando salga de la cárcel, voy a buscar a mis padres y hermanos para compartir el tesoro que he recibido”.
¡Bendito sea el Señor, que nos libra del pecado y nos concede salvación!
La autora es consejera matrimonial y conferenciante internacional. Escribe desde Thousand Oaks, California.