Hace algunos años, mi labor profesional me llevó a visitar comunidades religiosas de distintas culturas y orígenes nacionales. Aunque estos encuentros solían ser breves, entre una y tres horas, siempre los viví como un privilegio. Compartir con personas cuyas experiencias de vida eran tan distintas a la mía amplió mi mirada y despertó mi profunda admiración.
Recuerdo con especial claridad mis visitas a iglesias africanas, integradas por personas provenientes de más de una docena de países. Sus coros magníficos cantaban en varios idiomas, y aunque a veces los coloridos turbantes de las damas me impedían ver con claridad, la energía, el gozo y el dinamismo de la congregación resultaban contagiosos.
También disfruté de momentos memorables en congregaciones franco-haitianas, coreanas, latinoamericanas y anglosajonas. Cada grupo era distinto en muchos aspectos: la duración de los servicios, el volumen de los cantos y las predicaciones, el grado de formalidad en la vestimenta, el estilo musical y las reacciones de la audiencia. Sin embargo, más allá de esas diferencias externas, descubrí algo significativo: por instantes me sentía parte de cada comunidad, integrado a su manera particular de expresar la fe.
Día Internacional para el Diálogo entre Civilizaciones
Una gran parte de los conflictos entre los grupos humanos se origina en la falta de contacto entre culturas. La ignorancia suele ser la madre de la incomprensión y de los malos entendidos. No es casual que la palabra prejuicio aluda precisamente a la disposición a juzgar antes de conocer. Resulta triste constatar que, a pesar de contar hoy con acceso casi ilimitado a información y redes sociales, seguimos agrupándonos en clanes y despreciando a quienes son diferentes a nosotros.
Con el objetivo de fomentar la paz y las buenas relaciones entre los pueblos, en junio de 2024 la Asamblea General de las Naciones Unidas proclamó el 10 de junio como el Día Internacional para el Diálogo entre Civilizaciones. Entre los propósitos de esta iniciativa se destacan:
La promoción del entendimiento mutuo entre culturas, tradiciones y religiones.
El uso del diálogo como herramienta para prevenir conflictos y derribar prejuicios.
El reconocimiento de la diversidad cultural como una riqueza que contribuye al progreso y al bienestar humano.
La Organización de las Naciones Unidas nació oficialmente el 24 de octubre de 1945, como respuesta diplomática a los estragos de la Segunda Guerra Mundial.1 Sus objetivos fundamentales eran mantener la paz, facilitar la cooperación entre países y proteger los derechos humanos. No obstante, aunque esta organización ha contribuido a establecer un orden mundial de alianzas y suele condenar la violencia entre grupos, el siglo XXI no parece menos conflictivo que el anterior.
¿Es suficiente el diálogo?
Esto nos lleva a una pregunta inevitable: ¿Basta el diálogo entre civilizaciones para alcanzar una paz duradera? Tal vez el problema no se resuelva únicamente mediante el contacto entre culturas. Es probable que la raíz del conflicto humano se encuentre en un lugar más profundo.
La célebre expresión latina, Homo homini lupus, “el hombre es un lobo para el hombre”, describe la tendencia humana a la violencia y la agresión.2 Esta idea refleja una realidad incómoda: el engaño, el egoísmo y la hostilidad no son anomalías aisladas, sino manifestaciones de una naturaleza caída.
La Biblia asocia esta inclinación al estado de pecado. Desde esta perspectiva, aunque el diálogo entre civilizaciones sea necesario y valioso para promover la comprensión entre los pueblos, el problema de fondo trasciende cualquier proyecto político o cívico. La rapacidad y la enemistad no provienen únicamente de la ignorancia, sino de una enfermedad espiritual. Y la sanidad del alma no es el resultado del esfuerzo humano, sino de un proceso espiritual profundo.
Por impopular que resulte en nuestros días, es la Biblia la que presenta tanto el diagnóstico como el remedio para el problema central del ser humano. Consideremos algunos de sus principios fundamentales.
1. Todos somos pecadores
El pecado es la enfermedad espiritual que nos separa de Dios. El apóstol Pablo lo expresa claramente: “Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3:23). Nadie es justo por sí mismo. Por elevado que sea nuestro conocimiento o refinado nuestro sentido moral, el pecado es una condición universal. “Ciertamente no hay hombre justo en la tierra, que haga el bien y nunca peque” (Eclesiastés 7:20). Esta realidad nos coloca en una condición de necesidad urgente de la gracia divina.
2. La cura del pecado es el perdón de Dios
En la cruz, Jesucristo abrió un camino eterno de salvación que comienza con el perdón. “En quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados según las riquezas de su gracia” (Efesios 1:7). Este perdón no se obtiene por méritos humanos, sino por la gracia de Dios. Al confesar nuestros pecados, somos reconciliados con él: “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar” (1 Juan 1:9).
3. El perdón trae paz interior
El perdón divino libera del peso de la culpa y produce paz en el corazón. El salmista declara bienaventurado al hombre a quien Dios no inculpa de iniquidad (Salmo 32:1, 2). Isaías añade que Dios puede limpiar completamente lo que parecía irremediable (Isaías 1:18).
Jesús mismo lo expresó de manera incomparable: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados. . . y hallaréis descanso para vuestras almas” (S. Mateo 11:28, 29). Dios no solo nos absuelve de la culpa, sino además limpia nuestra alma, lo cual nos trae tranquilidad y reposo espiritual.
4. La paz con Dios nos da esperanza
“Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios” (Romanos 5:1). Hay una conexión directa entre una vida en paz con Dios y la esperanza de un futuro mejor. Esta esperanza no invalida nuestros esfuerzos por fomentar la paz entre individuos y pueblos, pero vivimos confiados en que el amor de Dios triunfará finalmente sobre el mal. “Y el Dios de esperanza os llene de todo gozo y paz en el creer, para que abundéis en esperanza por el poder del Espíritu Santo” (Romanos 15:13).
Debemos esforzarnos por comprender mejor a otras culturas, promover el diálogo y rechazar los prejuicios. Reconozcamos el valor de cada ser humano. Sin embargo, por nobles que sean estos esfuerzos, las instituciones humanas no pueden transformar el corazón. Solo Jesucristo puede hacerlo. Allí comienza la verdadera paz.
Consejos para vivir en paz
Escucha antes de juzgar. Detente y procura comprender la historia del otro antes de formar una opinión.
Reconoce tus prejuicios. Pide a Dios que te muestre actitudes o ideas que necesitas cambiar.
Busca el diálogo, no la confrontación. Habla con respeto, aun cuando no estés de acuerdo.
Cultiva la paz interior cada día. Dedica tiempo a la oración y a la Palabra; la paz externa nace en el corazón.
Practica el perdón. Libérate del rencor confiando tus heridas a Dios.
Sé un puente, no un muro. Con tus palabras y acciones, refleja el amor de Cristo hacia todos.
Miguel A. Valdivia, ahora jubilado, fue director de la revista El Centinela y luego vicepresidente del Departamento Editorial de la Pacific Press® Publishing Association durante varios años.