Carmen y sus cuatro hijos emigraron a los Estados Unidos en 1964. Salieron de su país después de que su esposo fuera encarcelado de por vida por dirigir grupos contrarios al régimen comunista. En su tierra vivían en una casa lujosa, rodeados de comodidades. Carmen tuvo que dejarlo todo y, durante un tiempo, alojarse con sus hijos con unos parientes que tenían tres hijos. El apartamento era pequeño, pero las peleas entre los niños eran grandes.
Carmen consiguió trabajo en una fábrica de pantalones. Trabajaba más de doce horas diarias para ahorrar y poder independizarse. Marla, la menor de sus cuatro hijos, era quien iniciaba la mayoría de los conflictos. Era rebelde y desobediente; cuanto más la castigaban, peor se comportaba. Todos la despreciaban y no la incluían en sus juegos. Alguien aconsejó a Carmen que la enviara a un campamento para menores inmigrantes, y así lo hizo. Marla fue llevada a esa institución entre gritos y resistencia.
La madre no tenía tiempo para visitarla. Cuando podía, iba a verla, y Marla le suplicaba que la llevara de regreso, porque no solo había perdido a su papá, sino también a toda su familia. Carmen hacía oídos sordos a esas súplicas y finalmente decidió no visitarla más.
Marla salió del campamento a los dieciocho años junto con su novio óscar, a quien había conocido allí. Decidieron casarse, trabajar y seguir estudiando. Obtuvieron buenas carreras y consiguieron empleos estables. Deseaban tener hijos, pero cada vez que Marla quedaba embarazada, su cuerpo rechazaba al bebé alrededor de las doce semanas. Tuvo cuatro pérdidas, y los médicos nunca encontraron una causa biológica que explicara el problema.
Una vecina invitó a la joven pareja a unas reuniones evangelizadoras. Al finalizar la serie aceptaron el mensaje de salvación y se bautizaron. La lectura de la Biblia despertó en Marla el deseo de buscar a su madre y perdonarla por la herida que le había causado. Cuando finalmente la encontró, Carmen estaba hospitalizada, muriendo de cáncer. Madre e hija se abrazaron, se perdonaron y sus rostros se iluminaron con una felicidad que durante años había estado opacada por el rencor y la culpa. “Ahora puedo morir en paz”, dijo Carmen.
Poco tiempo después, Marla volvió a quedar embarazada. Esta vez completó la gestación y dio a luz a dos preciosos gemelos. Entonces comprendió que Dios había obrado un milagro en su cuerpo después de haber soltado la depresión y el rencor.
Marla me contó su historia en una convención adventista de damas de la División Norteamericana, realizada hace casi diez años en Orlando, Florida, donde fui una de las oradoras.
La autora es consejera matrimonial y conferenciante internacional. Escribe desde Thousand Oaks, California.