Resumen de la primera parte: Envié un ejemplar de la revista El Centinela a una señora sudamericana. La leyó con interés y pidió más ejemplares. Estudió los cursos de La Voz de la Esperanza que allí se ofrecen y descubrió que el cerdo es un animal impuro que no debemos comer. Se preocupó mucho porque criaba puercos y cada sábado los vendía al carnicero del pueblo.
Mamá Meca me contó que estaba guardando el sábado y que oraba para que alguien le comprara la manada de cerdos y, con ese dinero, iniciar otro negocio. Pero un día, hojeando la Biblia, se detuvo en San Lucas 8, donde se narra la historia del endemoniado gadareno (versículos 32 al 38). Entonces pensó que no debía vender los cerdos para no seguir contaminando a otros. Fue a ver al carnicero y le dijo que ya no podía venderle animales porque pensaba soltarlos en la selva.
—Señora, usted se ha trastornado; ¡no haga semejante tontería! Yo le compro todos los cerdos que tenga. Soltarlos sería tirar el dinero. Piense de qué va a vivir cuando ya no tenga los animales. Por favor, no lo haga —dijo el carnicero, suplicante.
—El dinero no me importa. He decidido no vender los cerdos. En la Palabra de Dios hay muchas promesas, y estoy segura de que el Señor abrirá otro camino para mí. Le voy a prestar una revista que me sacó de la oscuridad a la luz maravillosa de Jesús. Sus páginas las considero de oro porque me condujeron a la Biblia, donde Dios me enseñó cómo vivir mejor —contestó la señora.
Don Nicolás, el carnicero, quedó intrigado y leyó la revista que Doña Meca le prestó. Luego contrató un camión para llevar los cerdos a la selva y acompañó al chofer para asegurarse de que fueran liberados. Ahora ella quedaba a la espera del cumplimiento de la promesa divina.
De pronto tuvo la idea de hacer tamales y pedir al carnicero que los vendiera en su negocio.
—Antes de entrar en la sociedad de tamales con usted, quiero que me muestre en su Biblia dónde dice lo de los cerdos —pidió el carnicero.
Doña Meca aprovechó la oportunidad para organizar un grupo pequeño. Invitó a varios vecinos que tenían curiosidad por descubrir la “locura” de Doña Meca. Empezó con doce personas. Tres años después, me contó que cerca de cien personas se reunían cada sábado en un local y que ochenta se habían bautizado en la Iglesia Adventista. Don Nicolás dejó de vender carne de cerdo, y el negocio de tamales prosperó tanto que Doña Meca tuvo que ampliar su negocio y contratar cinco empleadas para cumplir con los pedidos.
“Mis ojos pondré en los fieles de la tierra, para que estén conmigo;
el que ande en el camino de la perfección, este me servirá” (Salmo 101:6).
La autora es consejera matrimonial y conferenciante internacional. Escribe desde Thousand Oaks, California.