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En este mes conmemoramos la Semana Santa, la celebración más importante del calendario cristiano, en la que recordamos la vida, la pasión, la muerte y la resurrección de Jesucristo. Celebramos que en Cristo haya habitado “corporalmente toda la plenitud de la Deidad” (Colosenses 2:9).

Me gusta el término “plenitud” que usó el apóstol en este texto. La plenitud es un estado de completitud, integridad y satisfacción total en la vida. Es un estado de armonía y realización en todos los aspectos del ser. El Padre nos ha dado a su Hijo para que también alcancemos la plenitud de Cristo. Solo en Cristo encontramos ese estado de armonía y realización plena. Para eso él vino a este mundo: “Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia” (S. Juan 10:10).

La plenitud es el carácter del Uno. Solo Dios es Uno, y solo él es pleno (ver Deuteronomio 6:4). Ni tú ni yo somos uno. Somos seres escindidos, divididos e incompletos. Tú hablas y te ríes de acuerdo a quién tienes enfrente. Eres muchos: uno es el que se relaciona con tus padres, y otro es el que se relaciona con tus hijos o tus jefes o tu esposo o tu esposa. Tú y yo somos múltiples: buenos y malos, sinceros y mentirosos, cobardes y valientes, y esta doble naturaleza nos hace débiles ante el poder del mal.

El anhelo más profundo del Padre y del Hijo es tu descanso, tu paz, tu plenitud. Jesús oró: “Mas no ruego solamente por estos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste” (Juan 17:20, 21).

¿Deseas desde hoy experimentar la unidad en tu familia, en tu iglesia y en tu comunidad? ¿Qué precio tendrás que pagar para ser “uno con Cristo”?

El autor es editor de la revista El Centinela.

Editorial

por Ricardo Bentancur
  
Tomado de El Centinela®
de Abril 2025