Al final del verano, junto con mi esposo, nuestro hijo y su prometida nos fuimos a descubrir caminos secretos en los terrenos montañosos de Idaho, donde residimos. Escogimos los senderos de las montañas Sawtooth, una importante cordillera en el centro del Estado, cuyos puntiagudos picos llegan a alcanzar 3.275 metros (10.751 pies) de altura.

Una barcaza nos transportó desde la costa norte de un lago tallado en glaciares hasta cierto lugar en el corazón de la cordillera, y desde allí comenzamos un recorrido de 16 kilómetros (10 millas) de excursionismo en que tardamos unas seis horas.

Queríamos explorar la extensa red de caminos y bosques alpinos que nos llevarían a los lagos de aguas glaciales enclaustrados en la cima de la montaña. Entre senderos tupidos de gigantescos pinos ponderosas, matas de arándano, sauces, álamos y espirea blanca avanzamos en fila india durante varias horas, escalando empinadas cuestas que nos acercaban cada vez más a las nubes, sin perder de vista el hermoso lago azul que yacía a nuestros pies.

Cuando llegamos al primero de los lagos secretos al tope de la montaña, ya mis pies no daban más, por lo que decidí descansar allí mientras el resto de mi pequeño clan continuaba buscando el siguiente lago, a poca distancia de ahí.

Al principio no logré percibir la magnitud de la soledad que me rodeaba, pues al momento de separarnos contaba con la compañía de una familia que, tal como yo, se había sentado a descansar sobre la protuberancia rocosa que, cual hueso blanquecino, emergía de la tierra.

Me quité los zapatos y dejé que mis adoloridos pies se refrescaran un momento en las gélidas aguas del lago. Luego me entretuve observando a unos excursionistas a lomo de caballo que pronto se perdieron de vista entre los senderos ocultos de la montaña, guiados por el instinto del rocín.

Un que otro excursionista más pasó por ahí sin detenerse.

Embelesada con la blancura de las piedras que saturaban el terreno, me animé a saltar de una a otra durante un rato. La música de un zumbido de abejas entretenía mis sentidos. Y entonces fue como despertar repentinamente de un amable sueño. Súbitamente, un rotundo silencio se apoderó de la montaña. La briza dejó de sacudir ramas, las ardillas listadas que retozaban entre la hojarasca desaparecieron, el zumbido de abejas cesó. La magnitud de un profundo y absoluto silencio cayó sobre mí con todo el peso del mundo, y reconocí que me encontraba totalmente sola contra la salvaje naturaleza de la montaña.

Mis sentidos se nublaron. Me coloqué sobre una de aquellas piedras y traté de simular una rosa de los vientos, pretendiendo ubicarme. ¿A dónde iba? ¿Como salgo de aquí?, me preguntaba.

Mis ojos escudriñaron el horizonte sobre los cuatro puntos cardinales buscando algún vestigio de vida humana, pero nada. Un silencio pasmoso y aterrador reposaba sobre el monte. Hasta la fisionomía de la montaña parecía diferente. Entendí entonces lo que habría de ser el silencio de la muerte, o eso creí en ese momento, y entré en pánico. “¡Señor, háblame, revélate de alguna manera!”, oré en mi desesperación, pero todo lo que logré fue la convicción de un silencio absoluto.

 

¡Qué desasosiego!¡Qué desencanto! ¿Dónde estaba Dios cuando más lo necesitaba?

Vislumbré entonces, vívidamente, al profeta Elías huyendo al Monte de Dios, a Horeb. Si miraba su rostro, lo veía demudado, posiblemente como el mío, a causa del miedo. No miraba al suelo sino, como yo, su vista se fijaba contra aquel horizonte salvaje, salpicado de picos rocosos, que parecía ser siempre el mismo y muy lejano. Fue entonces cuando Dios le habló a Elías (ver 1 Reyes 19:9-18).

Regresamos a casa, y al día siguiente me puse a estudiar lo que significa el silencio de Dios. Quedé sorprendida con lo que encontré. El texto hebreo dice literalmente que Elías oyó “el ruido o la voz de un silencio (qôl dem̆ āmâ daqqâ) suave”. La Septuaginta y la Vulgata han traducido “una brisa suave”, probablemente para evitar la aparente contradicción entre ruido o voz, de una parte, y silencio, de otra. Pero lo que significa la palabra āmâ daqqâ es precisamente silencio.

Estudiosos y expertos en hebreo le agregan a esta definición las posibilidades de “un susurro” o “un silencio total”. La versión de la Biblia en inglés New Revised Standard Version traduce la frase como “un sonido de silencio absoluto”.

Con esta paradoja, la Escritura nos sugiere que el silencio no está vacío, sino lleno de la presencia divina. El silencio custodia el misterio de Dios, y la Escritura nos invita a entrar en este silencio si queremos encontrarlo.

¡Cuán reconfortantes me parecieron entonces estos pensamientos! Dios mora en el silencio, y había escogido revelárseme por ese medio. Aunque yo no estaba consciente de ello en ese momento, Dios estaba allí, a mi lado en la voz profunda, insondable y abismal del silencio en la cima de aquella montaña.

¡Cuán significativo y conmovedor es este pensamiento para el cristiano! Todos hemos experimentado alguna vez ese silencio en la cima de nuestra montaña: temor, desesperación, soledad, un matrimonio en ruinas, un hogar destruido, hijos rebeldes y desobedientes, adicciones, problemas mentales, enfermedad, muerte. ¿Dónde está Dios cuando más lo necesitamos? Silencio. Un rotundo silencio es todo lo que recibimos muchas veces por parte de Dios. Y, sin embargo, en ese silencio todavía se amparan todas nuestras más caras esperanzas: de un futuro mejor y de una nueva vida.

“No estás solo”. “Nunca te abandonaré”, nos asegura Dios. Tal como con Elías, y como con Moisés en su monte santo, puede que Dios no elija manifestarse mediante portentos para recordarnos que se preocupa por nosotros, pero siempre podemos estar seguros de que sus promesas son eternas, y fueron hechas pensando en nosotros. “Yo sé los pensamientos que tengo acerca de vosotros, dice Jehová, pensamientos de paz, y no de mal, para daros el fin que esperáis” (Jeremías 29:11).

A menudo, el silencio es el modus operandi de Dios para revelarse al hombre en sus momentos de necesidad o angustia, pero es difícil entenderlo. El consuelo nos viene con tremendo poder desde el Calvario. El hecho de que nuestro Salvador, en su mayor hora de sufrimiento en la cruz, haya experimentado el pavoroso silencio de Dios, pone de manifiesto que los dolores que marcan a veces de manera dramática nuestra vida no han de ser interpretados como signos de reprobación divina. Su silencio no es ni ausencia ni lejanía.

Puede que nos toque atravesar tenebrosos valles de sombra y de muerte. Puede ser que continuemos caminando con miedo, pero lo que nos está asegurado no es tanto una especie de salida del sufrimiento o de la enfermedad, como el don del Espíritu Santo (S. Lucas 11:13). La respuesta con la que Dios siempre viene en ayuda del hombre es el don de su Espíritu. Se trata de un regalo mucho más precioso y fundamental que cualquier solución terrenal a los problemas.

El silencio es a menudo el lugar en que Dios nos espera, para que logremos escucharlo, en vez de escuchar el ruido de nuestra propia voz o la voz de nuestros temores.

La autora ha escrito varios libros y decenas de artículos. Escribe desde Boise, Idaho.

La voz de Dios

por Olga Valdivia
  
Tomado de El Centinela®
de Diciembre 2019