Jerusalén puede volverse un poco loca el viernes por la tarde.

Mi amiga Annalisa cuenta sobre su viaje por Tierra Santa durante sus aóos universitarios. El último día de su viaje resultó ser un viernes en Jerusalén. El zumbido del bullicio de la ciudad se intensifica a medida que el sol del viernes comienza a descender en el horizonte. El apuro sobrecoge la ciudad. Los automóviles aceleran cada vez más su marcha. Los autobuses comienzan a moverse antes de que los pasajeros que ascendieron tengan la oportunidad de sentarse. Los peatones apuran su paso dramáticamente. De repente, Jerusalén está frenética. Los judíos ortodoxos corren tan rápidamente que los largos y apelmazados rizos que caen de sus sienes vuelan detrás de sus cabezas mientras corren hacia su dulce hogar para llegar a tiempo, antes de que el sol desaparezca en la noche.

¿Cuál es la urgencia?

¿Por qué? ¿Qué cosa provoca la fiebre de Jerusalén?

Por supuesto, esta misma escena se ha estado reproduciendo durante siglos, todos los viernes por la tarde, en la antigua ciudad. Jerusalén, antes del atardecer del viernes, es una ciudad agitada y frenética que anticipa la celebración semanal: el sábado, que comienza tan pronto como desciende el sol. La puesta del sol inaugura un día de descanso, de alegría y esperanza, cuando la ciudad entera se encuentra una vez más envuelta en los brazos de un Dios en reposo. Semana tras semana, durante siglos, la ciudad ha transitado ese camino una y otra vez hacia el hogar para celebrar el día sagrado de descanso, para reunirse con Dios, estar en la sinagoga y celebrar en familia. Jerusalén va camino al hogar cada semana para encender algunas velas, tomarse un respiro del ajetreo cotidiano, festejar con vino y risas y disfrutar del dulce sabor del jalá.1 ¡Es nuevamente la celebración del origen de la creación!

Los antiguos rabinos judíos siempre han visto el sábado como una especie de regreso a casa. Es un día perfectamente sincronizado cada semana cuando el pueblo de Dios, propenso a alejarse del Seóor su Dios, es una vez más bienvenido a los brazos amorosos y eternos de su Creador. El sábado no es solo un día de descanso o de familia o de buena comida. Más bien es un recordatorio planificado cada semana para que todo creyente regrese a su Creador, quien con gran cuidado y amor nos creó. El día de reposo es el día en que todos juntos corremos al hogar, a la presencia de Dios en nuestras vidas.

Cada viernes a la tarde, Jerusalén es una ciudad entera que vuelve al hogar. Toda una ciudad que entra en el descanso. La ciudad entera se detendrá durante un día. ¿Puedes imaginar esto?

Un día para la comunidad

El sábado tiene que ver primeramente con la relación personal con Dios, pero también se trata de las relaciones entre nosotros. Levítico hace esta conexión crucial: “Seis días se trabajará, mas el séptimo día será de reposo, santa convocación; ningún trabajo haréis; día de reposo es de Jehová en dondequiera que habitéis” (Levítico 23:3).

El sábado semanal, junto con otras celebraciones anuales como la Pascua, la Fiesta de los panes sin levadura y la Fiesta de las semanas, no se celebraban para afianzar el individualismo y el aislamiento, sino como un día sagrado para que la comunidad se uniera. Tal ritmo ofrecía una atmósfera en el calendario anual y semanal para que las personas entraran en relaciones enriquecedoras y vivificantes en torno a una adoración compartida. El sábado como tal nunca ha existido para reforzar el individualismo o la soledad. Particularmente, después de la destrucción del templo en el aóo 70 d.C., la sinagoga sirvió como un lugar central de reunión comunitaria para los judíos que guardaban el sábado. La intención de Dios para el sábado era, y es, que seamos atraídos por la riqueza de la comunidad.

Hace aóos, un investigador descubrió algo interesante acerca del sábado en las comunidades judías: las tasas de mortalidad caen en picada en el día de reposo ¿Cómo podría ser que menos personas mueran en este día? El investigador concluyó que incluso los enfermos, y aun los enfermos terminales, “se recuperaban” para el día de reposo porque era una oportunidad de estar con familiares y amigos. El Shabat crea un tipo de comunidad en la que anhelamos estar.

¿Por qué necesitamos la comunidad?

¿Qué significado tiene todo esto para nosotros que vivimos en una sociedad hiper individualista?

En su libro Bowling Alone, Robert Putnam describe las formas en que la sociedad occidental fomenta cada vez más el aislamiento y el individualismo. Putnam dice que en lugar de tener amigos, vemos la serie de televisión Friends. Ya no nos necesitamos realmente el uno al otro. Creemos que podemos satisfacer todas nuestras necesidades con presionar un botón. Y en muchas cosas, podemos. A causa de esto, cambiamos el tipo de comunidad que se forjó alrededor del día de reposo por un “sentido” de comunidad en la que no somos vulnerables entre nosotros de manera real y tangible.2

En muchas ciudades judías, se observa que mucha más gente camina en la calle en sábado que en cualquier otro día de la semana. ¿Por qué? Por que muchos judíos ortodoxos creen que conducir un automóvil en sábado es trabajar. Si bien tal pensamiento puede parecer arcaico, tiene una poderosa implicación social. En el día de reposo uno debe caminar con otros fieles a los servicios del sábado.

Eric Jacobsen ilustra la dinámica social que implica esto: “Se trata de que un grupo de personas que vive en hogares separados están caminando juntos hacia el mismo lugar y al mismo tiempo. Intenta pensar en otra comunidad que de manera similar camine junta. Esto ya no sucede en muchas iglesias, ni sucede para los juegos de béisbol o la escuela primaria. Ocasionalmente, un vecindario puede tener su propio desfile del 4 de julio, donde la gente camine junta por las calles, pero eso es solo una vez al aóo”.3

En un sentido muy real, el sábado da un marco y contexto para el florecimiento de comunidades éticas, donde las 24 horas de un día muy especial dan forma a nuestras relaciones. El sábado reúne a las personas, no en torno a sus gustos o aversiones compartidas, sino en torno al compromiso con Dios y con los demás. La Biblia no tiene nada que decir acerca de la construcción de comunidades donde nos congregamos a causa de opiniones compartidas. La Iglesia es la iglesia que Cristo construye, no la que se construye en base a nuestros propios intereses que compartimos con otros. Hemos sido llamados a vivir bajo el pacto de una comunidad en la que vivimos y morimos los unos por los otros.

La idea de comunidad según la Biblia puede ser ilustrada mejor mediante la experiencia comunitaria de la iglesia primitiva: “Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones. Y sobrevino temor a toda persona; y muchas maravillas y seóales eran hechas por los apóstoles. Todos los que habían creído estaban juntos, y tenían en común todas las cosas; y vendían sus propiedades y sus bienes, y lo repartían a todos según la necesidad de cada uno. Y perseverando unánimes cada día en el templo, y partiendo el pan en las casas, comían juntos con alegría y sencillez de corazón, alabando a Dios, y teniendo favor con todo el pueblo. Y el Seóor aóadía cada día a la iglesia los que habían de ser salvos” (Hechos 2:42-47).

Esta expresión de comunidad ética fue costosa, dolorosa y peligrosa. Era posible solo si la gente estaba dispuesta a renunciar a sus derechos y servir al prójimo. Cierta vez John Gager atribuyó el éxito del cristianismo a este tipo de comunidad: “abierto a todos, insistente en la lealtad absoluta y exclusiva, y preocupado por cada aspecto de la vida del creyente”.4 La comunidad cristiana era una comunidad radical. El cristianismo estaba marcado por personas

dispuestas a morir, a causa de la obra de Cristo, por el bien de los demás.

Sigue habiendo una gran diferencia entre encontrar una iglesia que nos guste y servir a la iglesia a la que Jesús nos llama a amar y aun sacrificar nuestras vidas. Las palabras de Dietrich Bonhoeffer deben escribirse en el lienzo de nuestros corazones: “Todo sueóo humano que se inyecta en la comunidad cristiana es un obstáculo para la comunidad genuina y debe desterrarse para que la comunidad genuina pueda sobrevivir. Aquel que ama su sueóo de una comunidad más que la propia comunidad cristiana se convierte en un destructor de esta última, a pesar de que sus intenciones personales puedan ser siempre muy honestas, serias y sacrificadas”.5

La verdadera comunidad no nace del esfuerzo de nuestra inteligencia para crear un determinado sentido de comunidad. La verdadera comunidad es el resultado natural del acto de amar a otras personas. Por lo que puedo decir, en los Evangelios el amor conduce a la crucifixión.

Estoy convencido de que la clase de comunidad que anhelamos, y que más necesitamos, es la que hoy falta en la iglesia: un lugar donde aprendemos a amar incluso a las personas que no nos gustan. En esa comunidad ética, los demócratas y los republicanos adoran juntos, los hombres y las mujeres sirven juntos, y la mayoría y la minoría pueden reconciliarse.

Una comunidad sabática es el lugar donde el compromiso de unos con otros llega a ser más profundo que el simple compromiso de compartir con otros los anhelos y las voluntades. Durante el sábado compartimos el espacio con otros a quienes Dios ha puesto delante de nosotros.

Durante la Segunda Guerra Mundial, el filósofo judío Emmanuel Levinas fue encarcelado por los alemanes que ocupaban Francia. A pesar de sus sentimientos de rabia y enojo hacia sus captores nazis, Levinas insistió en su obligación hacia el otro: “Ser capaz de ver en el rostro del otro, en el rostro de quienes intentarían matarme, en el rostro del criminal, el rostro de Dios, este es el desafío más difícil de la empresa religiosa”.6

El sábado abre un espacio para que podamos entrar en comunidad con el pueblo de Dios, a quienes podemos o no gustar, aquellos de nuestra familia y de nuestra iglesia por quienes Cristo murió. En un mundo donde ingresamos en la comunidad siempre y cuando esté lleno de gente que nos gusta, el sábado se convierte en un acto profético de aprender a amar incluso a los que deploramos y detestamos.

El sábado es la puerta de entrada en la comunidad del ensueóo de Dios.

1. Jalá es un pan trenzado especial que se consume en Shabat y en las festividades judías, excluyendo la fiesta de Pésaj.

2. Robert D. Putnam, Bowling Alone: The Collapse and Revival of American Community (New Your: Simon & Schuster, 2000).

3. Eric O. Jacobsen, The Space Between: A Christian Engagement with the Built Environment (Grand Rapids, MI: Baker Academic, 2012), p. 184.

4. John G. Gager, Kingdom and Community: The Social World of Early Christianity (Englewood cliffs, NJ: Prentice Hall, 1975), pp. 114–148.

5. Dietrich Bonhoeffer, Life Together: A Discussion of Christian Fellowship (New York: Harper & Row, 1954), p. 27.

6. Emmanuel Levinas, Difficult Freedom: Essays on Judaism (Baltimore, MD: Johns Hopkins University Press, 1990), p. 10.

Este artículo ha sido adaptado del libro Subversive Sabbath: The Surprising Power of the Rest in a Non-stop World [El sábado subersivo: El poder sorprendente de reposar en un mundo que no para] de A. J. Swoboda, con permiso de Brazos Press, una división de Baker Publishing Group, Grand Rapids, Michigan, 2018, http://www.bakerpublishinggroup.com.

La comunidad del sábado

por A.J. Swoboda
  
Tomado de El Centinela®
de Diciembre 2018