Al final de la semana de la creación, Dios formó al ser humano, plantó un jardín al oriente del Edén y se lo encargó (Génesis 2:8). En ese lugar, hizo crecer toda clase de árboles de frutos apetecibles (vers. 9). “El trabajo de Adán y Eva debía consistir en formar cenadores o albergues con las ramas de las vides, haciendo así su propia morada con árboles vivos cubiertos de follaje y frutos”.1 Aquel lugar extraordinario sería el hogar de la primera pareja humana.

En medio del huerto, el Señor colocó el árbol de la vida (vers. 9). Dos elementos se destacan de esta figura. El primero es su ubicación: estar en el centro del huerto revela su enorme importancia. El segundo es que sus frutos parecían “manzanas de oro y plata”, y tenían el poder de perpetuar la vida”2 (Génesis 3:22). El árbol proveía vida, pero no poseía vida en sí mismo aparte de Dios, como si tuviera un poder mágico.

El relato de Génesis sugiere que Dios buscaba que el árbol de la vida sirviera a Adán y Eva como un símbolo muy especial: la vida era fruto de la comunión y dependencia del Padre celestial. A diferencia del resto de los seres vivos, la vida humana era mucho más que algo biológico; tenía un vínculo espiritual que le daba un significado único. No obstante, la primera pareja podía conservar la vida, en la totalidad de sus dimensiones físicas y espirituales, solo si permanecía leal a Dios.3 Gozaban de inmortalidad condicional. Todo dependía de su propia decisión.

El árbol de la vida no solo es mencionado en la Biblia sino también en las tradiciones del antiguo Oriente. Se observa en sellos, bajorrelieves y otras formas artísticas representando la fertilidad, el curso de la vida, la inmortalidad o la vida eterna.4 A su vez, aparecen “árboles sagrados, ritos y símbolos vegetales en la historia de toda religión, en las tradiciones populares del mundo entero, en las metafísicas y las místicas arcaicas, para no hablar de la iconografía y del arte populares”.5

El árbol del conocimiento del bien y del mal

Antes de darles la seguridad eterna, la lealtad de los seres humanos fue puesta a prueba.6 A diferencia del árbol de la vida, mencionado en diversas fuentes del antiguo Oriente próximo, el árbol de conocimiento del bien y del mal solo aparece en la Biblia. Estaba ubicado cerca del árbol de la vida (Génesis 2:9). Mientras que la primera pareja tenía acceso al árbol de la vida, no debía comer del fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal. Si desobedecían, se tornarían mortales (vers. 17).

Adán y Eva tenían ante sí la vida y la muerte. La proximidad de ambos árboles refuerza el elemento de la elección entre dos caminos.7 Se trataba de una decisión sumamente importante. Dios haría algo semejante con Israel: “A los cielos y a la tierra llamo por testigos hoy contra vosotros, que os he puesto delante la vida y la muerte, la bendición y la maldición; escoge, pues, la vida, para que vivas tú y tu descendencia; amando a Jehová tu Dios, atendiendo a su voz, y siguiéndole a él; porque él es vida para ti, y prolongación de tus días; a fin de que habites sobre la tierra que juró Jehová a tus padres, Abraham, Isaac y Jacob” (Deuteronomio 30:19, 20). Pero la primera pareja eligió mal: obedeció a la serpiente (Génesis 3:1-6).

La fatal decisión del hombre condujo a Dios a alejarlo del árbol de la vida e impedirle el acceso al huerto (vers. 22-24). La pérdida del fruto del árbol de la vida marcó la disminución de la vitalidad humana hasta extinguirla dramáticamente.8

No se vuelve a mencionar al árbol de la vida en el Antiguo Testamento de manera directa. Para recordar su significado, en el Santuario de Israel se lo representaba en la forma del candelabro de oro, cuya luz simbolizaba el don de la vida para Israel.9 También en los Proverbios hay alusiones a él. Se dice que “el fruto del justo es árbol de vida” (Proverbios 11:30); y que “la lengua apacible es árbol de vida” (Proverbios 15:4). Daniel describe al rey Nabucodonosor como “un árbol, cuya altura era grande” (Daniel 4:10), de cuyos frutos se alimentaban todos los animales, y Ezequiel compara a Asiria con un cedro del Líbano, tan majestuoso que “todos los árboles del Edén, que estaban en el huerto de Dios, tuvieron de él envidia” (Ezequiel 31:9).

El árbol de la vida aparece de nuevo

Al final de la Biblia se dice que los vencedores comerán de los frutos del árbol de la vida (Apocalipsis 2:7). Se menciona que el árbol está ubicado en el centro de la Nueva Jerusalén, por donde pasa el río que sale del trono de Dios, y que produce “doce frutos, dando cada mes su fruto; y las hojas del árbol eran para la sanidad de las naciones” (Apocalipsis 22:2). Además, se aclara que quienes han lavado sus ropas tienen “derecho al árbol de la vida”, y pueden entrar en la santa ciudad (vers. 14). Finalmente, se advierte que si alguien “quitare de las palabras del libro de esta profecía, Dios quitará su parte del libro de la vida, y de la santa ciudad” (vers. 19).

El árbol de la vida nos recuerda que Dios es el poseedor de la vida y la salud. Nadie pretenda usurpar tales atributos. él envió a su Hijo a este mundo para darle al hombre una nueva oportunidad de acceder a la vida: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (S. Juan 3:16). Jesús es el único camino para acceder a la inmortalidad perdida (S. Juan 14:6). No hay otro nombre mediante el cual podamos ser salvos (Hechos 4:12).

Dios no va a forzar tu corazón. Es omnipotente, pero respeta las decisiones de cada persona, aun cuando estas atenten contra sus propios decretos divinos y resulten autodestructivas para los seres humanos. Por eso dice: “Yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo” (Apocalipsis 3:20). ¿Aceptarás su invitación?

1. Elena G. de White, Patriarcas y profetas, Boise, ID: Publicaciones Interamericanas, 1985, pp. 27, 28.

2. Jacques B. Doukhan, Seventh-Day Adventist International Bible Commentary (Nampa, ID: Pacific Press Publishing Association, 2016), p. 76.

3. W. A., Elwell & B. J. Beitzel, Baker Encyclopedia of the Bible (Grand Rapids, MI: Baker Book House, 1988), p. 2105.

4. C. L. Meyers, “Tree of life” en M. A. Powell (Ed.), The HarperCollins Bible Dictionary (Revised and Updated) (New York: HarperCollins, 2011), p. 1068.

5. Mircea Eliade, Tratado de historia de las religiones (México: Ediciones Era, 1995, p. 242).

6. White, p. 30.

7. Jacques B. Doukhan, Seventh-Day Adventist International Bible Commentary (Nampa, ID: Pacific Press Publishing Association, 2016), p. 76.

8. White, p. 44.

9. Doukhan, pp. 76, 77.

El autor es director editorial de Safeliz. Escribe desde Madrid, España.

El árbol de la vida

por Alejandro Medina Villarreal
  
Tomado de El Centinela®
de Mayo 2017