De todos los sueños que acaricia el ser humano, el más común es lograr que todo sea fácil. Ganar dinero fácilmente, lograr el éxito fácilmente, adelgazar fácilmente, y mucho más. En esa búsqueda, uno compra todo tipo de pastillas y videos para bajar de peso, corre a jugar a la lotería, y gasta su tiempo imaginando y planificando proyectos que nunca se realizan.

Uno de los sueños que a todos les gustaría concretar es que sus oraciones sean contestadas; pero no solamente contestadas sino contestadas rápidamente y con la respuesta que quieren. Es por eso que muchos andan pidiendo a todos que oren por ellos.

Pero no siempre la repuesta a nuestra oración es lo que esperábamos. Muchas veces la respuesta deseada no llega, y nos frustramos con la vida espiritual, con la iglesia y con el ministro religioso. Ese vacío en la jornada cristiana es inaceptable, sobre todo porque leemos en la Biblia acerca de personas que oraron y recibieron lo que pidieron. En los evangelios encontramos promesas como: “Pedid, y se os dará” (S. Mateo 7:7), pero nosotros pedimos y nunca se nos da.

El evangelio de la prosperidad

Es en este escenario donde surge uno de los grandes equívocos del cristianismo contemporáneo. En el afán de lograr que las oraciones sean contestadas, algunos líderes religiosos han comenzado a enseñar que ellos tienen una mejor relación con Dios, y que por eso sus oraciones son mejor contestadas. Unen a ese discurso la idea de que es necesario añadir al ritual de oración donaciones financieras para demostrar fe en la oración y en Dios. Así ha nacido una de las costumbres de los últimos tiempos más ajenas a la Biblia: el evangelio de la prosperidad, o la teología de la prosperidad.

Desde el siglo XIX ya se conocía esa práctica, aunque fue en los reavivamientos pentecostales de la década de 1940 donde cobraron más vida en los Estados Unidos. En las décadas de 1980-1990, el evangelio de la prosperidad ganó fuerza y popularidad en la voz de los evangelistas televisivos que pedían elevadas sumas de dinero para orar e interceder por los fieles.1

Es posible que usted esté pensando: Yo di mi dinero como ofrenda para que oraran por mí. ¿He cometido algún pecado? ¿Hice algo malo? Claro que no. Usted no hizo nada malo, pero es muy importante que no se deje engañar por aquellos que se aprovechan de la fe de buenas personas como usted.

¿Cuál es el error del evangelio de la prosperidad? Es muy importante que todas nuestras decisiones estén basadas en la Palabra de Dios y en su voluntad. Para detectar el error, tenemos que saber qué dice la Biblia sobre la verdad respecto a las ofrendas, la oración y Dios.

Las ofrendas bíblicas

Desde el Génesis hasta el Apocalipsis, las ofrendas forman parte de la adoración a Dios. Pero la pregunta que tenemos que contestar es: ¿Para qué sirven las ofrendas? ¿Cuál es su función?

La sumisión. Las ofrendas sirven como demostración de sumisión a la voluntad de Dios. En el libro de Génesis (4:1-8) encontramos la primera ofrenda de la Biblia: Dios pidió una oveja como sacrificio en un altar. Seguramente había otros animales más caros y más costosos que una oveja, pero Dios pidió una oveja. Dar la oveja era una demostración de sumisión a la voluntad de Dios y a su soberanía. Abel obedeció, pero Caín no. Cuando se usa la ofrenda con la intención de lograr que Dios haga la voluntad del hombre, esa ofrenda pierde su sentido y su valor. Toda ofrenda existe con el objetivo de mostrar que el adorador acepta la voluntad de Dios.

La gratitud. Las ofrendas sirven como demostración de gratitud a Dios. Ofrendar, además de reconocer la soberanía de Dios, es una demostración de gratitud. Hay en la Biblia muchos casos en que alguien recibió una bendición e inmediatamente entregó una ofrenda en señal de gratitud. El problema con el evangelio de la prosperidad es que la ofrenda existe, mas no como expresión de gratitud sino como condición para que la bendición sea alcanzada. Según los pregoneros del evangelio de la prosperidad, al ofrendar se demuestra el verdadero deseo de recibir la bendición y cuánta fe se tiene en el hecho de que Dios va a hacer lo que uno quiere o necesita.

La oración

Ahora reflexionemos en la oración. “Orar es el acto de abrir nuestro corazón a Dios como a un amigo. No es que se necesite esto para que Dios sepa lo que somos, sino a fin de capacitarnos para recibirle. La oración no baja a Dios hacia nosotros, antes bien nos eleva a él”.2

Orar es, más que todo, una manera de acercarnos a Dios, no de pedir o exigir. Las peticiones pueden formar parte de la oración, pero no deben constituir el centro de la oración. Convertir la oración en una interminable lista de peticiones es reducir la oración a mucho menos de lo que es, además de alejarnos cada día más de Dios. Para que lo entiendas mejor, piensa en un amigo que te busca solo para pedirte algo. ¿Cómo te sentirías? ¿Cómo reaccionarias? ¿Seguirías siendo su amigo? Imagina que tu vecino te pide una misma cosa todos los días durante 2018. Al final del año, ¿crees que conoces a ese vecino? Creo que no, porque la oración es hablar con Dios como se habla con un amigo.

El Dios verdadero

Por fin, hablemos de Dios. El evangelio de la prosperidad enseña que solo las oraciones de los que ofrendan y se sacrifican son contestadas. Eso no es verdad. Dios es amor (ver 1 Juan 4:8), y porque es amor, quiere bendecir a todas sus criaturas. Las bendiciones de Dios se dispensan a todos, sean buenos o sean malos (ver S. Mateo 5:45).

Dios te ama y quiere bendecirte. Si necesitas ayuda de Dios, solo tienes que hablar con él con sinceridad. él sabe lo que necesitas y quiere suplir tu necesidad. Si sientes en tu corazón el deseo de pedir, pide con confianza. Dios es tu padre. él quiere proveerte lo necesario sin cobrarte ni un dólar.

Este es nuestro Dios. Lo mejor que puedes hacer es ofrendarle tu corazón con gratitud. Así, tendrás una vida verdaderamente próspera.

1. Kate Bowler, Blessed: A History of the American Prosperity Gospel (Inglaterra: Oxford University Press, 2013).

2. Elena G. de White, El camino a Cristo (Nampa, Idaho: Pacific Press, 1993), p. 93.

El autor es conferenciante internacional. Escribe desde Alvarado, Texas.

¿Evangelio de la prosperidad o de la sumisión?

por Rubén Bullón
  
Tomado de El Centinela®
de Abril 2018